lunes, 10 de septiembre de 2018

El leñador que no dejaba de talar . CUENTOS PARA CEOs

¿Tienes tanto trabajo que solo puedes trabajar? ¿Cuando te asignan una tarea te pones a ella de inmediato porque por tu experiencia siempre tienes claro cómo hay que hacer las cosas y no paras hasta acabar? Y sobre todo... ¿Trabajar muchas horas te convierte en mejor trabajador? Si alguna respuesta ha sido sí, te vendrá bien el cuento del leñador. Pero antes, otra pregunta: ¿Qué tipo de leñadores prefieres en tu equipo, los que debes decirles incluso qué troncos cortar además de cómo y cuándo hacerlo o los que les encargas talar árboles y ellos planifican cuáles, cómo y cuándo?

Alguna de estas cuestiones las abordé en en el post sobre Estrategas y Tácticos, pero el cuento del leñador permite explorar una visión más amplia de estos temas.

Se trata de una historia con muchas versiones que se cuenta para identificar comportamientos de empresas, equipos y trabajadores.

Esta es una de ellas:
En la final de un campeonato de leñadores se asigna a los dos contendientes sendos lados de la ladera de un monte. Las reglas, muy simples. Cinco horas para talar árboles, resultando ganador el que sume más metros de diámetro de tronco cortados.

La prueba comienza a las 12h y ambos leñadores se lanzan a la labor totalmente concentrados con el único sonido de fondo de sus hachazos y los del rival.

Cerca de la una del mediodía, uno de ellos se da cuenta de que no escucha los hachazos de su rival y piensa... 
– Ha parado a descansar.

Un cuarto de hora después, vuelve a oír los golpes de hacha de su rival.

– Bien, me ha concedido unos quince minutos de ventaja. Debo aprovecharlo.

Esa misma situación se repite más o menos cerca de las dos de la tarde, de las tres y de las cuatro.

Cuando finaliza la prueba, el leñador está seguro de su victoria. Su rival ha parado cuatro veces por lo que, según sus cálculos, él ha estado talando durante una hora más.

Pero cuando lo jueces miden los troncos el resultado es muy diferente al que esperaba. Ha perdido, y además por mucho. Pese a los descansos que se tomaba, el otro leñador ha cortado mucha más madera.

Desconcertado, cuando felicita a su rival no puede evitar hacerle una pregunta.

– ¿Cómo es posible que me hayas ganado? Has parado a descansar durante 15 minutos hasta cuatro veces, por lo que sólo has estado trabajando con el hacha cuatro horas. Yo, en cambio, no he parado de talar durante las cinco horas. He trabajado un 25% más que tú y sin embargo he cortado menos madera. No lo entiendo.
– Es que no paraba para descansar. Seguía trabajando de un modo diferente: Afilaba el hacha.
Una segunda versión de esta historia la proporciona Jorge Bucay en su libro 'Déjame que te cuente', donde publica un cuento titulado 'El hachero esforzado'.
En el mismo, se cuenta la historia de un leñador que comienza a trabajar en una maderera y el primer día corta 18 árboles. Animado, las siguientes jornadas trata de superar esa marca, pero, por contra, cada día corta menos. Preocupado y apesadumbrado, recurre a su capataz para preguntarle cómo podía ser que se esforzase igual cada día y sin embargo su producción bajase constantemente. Éste, tras escucharle, le pregunta:
– ¿Cuándo afilaste tu hacha la última vez
– ¿Afilar? No tuve tiempo de afilar, estuve muy ocupado cortando árboles.

Dos historias similares de las que se pueden extraer tres importantes lecciones para al mundo profesional, todas ellas muy relacionadas entre sí, pero con matices importantes:
  1. Muchas horas de trabajo no equivalen a mucha productividad.
  2. Afilar tus herramientas forma parte de tu trabajo.
  3. Por mucho que trabajes, si no cuentas con hachas afiladas otro cortará más que tú.

1. Muchas horas de trabajo no equivalen a mucha productividad

¿Quién es mejor trabajador, el que ‘pica piedra’ muchas horas o quien lo hace más eficazmente?

Todos conocemos a personas cuyo máximo orgullo es trabajar más horas que nadie. En cuanto les encargan algo, se ponen rápidamente a hacerlo para acabar también lo antes posible... y así poder comenzar a hacer otras en un ciclo infinito. Su frase clásica es:

“Tengo mucho que hacer y no tengo tiempo que perder”.

    Sin embargo, identificar ‘meter horas’ con productividad suele conducir precisamente a ser poco productivo; a trabajar mucho, pero de un modo desfasado, lento, ineficaz...

    Pararse a pensar forma parte de trabajar, elimina esfuerzos innecesarios y mejora la productividad. Si lo único que aportas es horas de trabajo ‘físico’, generalmente acaba siendo una labor con poco valor añadido. Por eso, no resulta eficaz hacer las cosas por inercia, sin detenerse a planificar o estructurar el mejor modo de hacer la tarea encomendada.

    Hay una escena de Mad Men que me encanta en la que Roger Sterling entra en el despacho de Don Draper, le pilla (como es habitual) tumbado en el sofá, y le dice... “no me acostumbro a verte así y pensar que estás trabajando”. De hecho buena parte del éxito de Don llega de esos momentos en los que se tumba, se sienta o mira por la ventana... mientras observa y piensa.


    2. Afilar tus herramientas forma parte de tu trabajo

    ¿Quién es mejor trabajador, el que sólo se vale de su experiencia o aquel que además nunca deja de ‘afilar’ su formación?

    Además de su trabajo tangible, un directivo tiene tres herramientas básicas intangibles que debe afilar permanentemente como parte esencial de sus obligaciones:
    1. Su experiencia.
    2. Su formación (continua).
    3. Las posibilidades que ofrece su equipo.
    Ocuparse sólo de la primera implica bajar su productividad. El problema es que mucha gente está convencida de que sí afila las tres e incluso hace gala de ello... pero que con su comportamiento dice:

    “Yo tengo mucha experiencia y tengo claro cómo se hacen las cosas”.

      De nada sirve asistir a cursos o afirmar que hay que aprovechar los valores de todos si luego no se interioriza la formación y no se ‘deja hacer’ al equipo, marcándoles de cerca en todo momento para que hagan las cosas a ‘tu’ manera. Cualquiera de esas dos actitudes implica dar hachazos cada vez menos afilados, porque sólo con experiencia tarde o temprano tus hachazos dejan de ser soluciones ‘afiladas’ (modernas, rápidas, mejores, más adaptadas, tecnológicas...) para convertirse en ineficaces.

      Es una actitud relacionada con el Síndrome de Procusto, el Efecto Halo e incluso el Principio de Peter.


      3. Por mucho que trabajes, si no cuentas con hachas afiladas otro cortará más que tú

      ¿Quién tiene más potencial, la empresa o el profesional que hacen las cosas como siempre y por inercia o quien se renueva constantemente?

      La competencia está siempre ahí, y aunque en ocasiones no oigamos el sonido de sus hachazos, eso no significa que no estén trabajando, incorporando nueva tecnología, enriqueciendo su plantilla o creando nuevas opciones disruptivas de su negocio (y no las de siempre disfrazadas de novedades que en realidad no lo son).

      De nada sirve autoconvencerse pensando que:

      “Los medios que tengo son los adecuados porque hasta ahora me ha servido”

      Nada sirve para siempre. Ni un ordenador, ni un programa, ni una línea de producción, ni un profesional que no se recicla. Si no cuentas con medios modernos y personal cualificado y en formación continua que garantice las condiciones adecuadas para exprimir su potencial concedes una ventaja competitiva a tu competencia, que tarde o temprano dispondrá de un hacha más afilada que la tuya.

      Nuevamente, como en el punto anterior, el gran problema es que muchas empresas creen que sí se ocupan adecuadamente de este apartado, pero que en realidad están anticuadas y aplican simples parches (de medios de producción, gestión o formación) como si fueran soluciones modernas e innovadoras.


      Imágenes
      • Pixabay
      Pexels



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